Being Present

Hay un momento en que uno descubre que el libre albedrío se ajusta a su manera de concebir el pasaje por este mundo.

Una vez hecho ese descubrimiento (parece trivial, pero no lo es), hay dos opciones: levar anclas y dejarse llevar como un náufrago hacia la primera parcela de tierra firme, o tomar con más fuerzas el timón y conducir nuestra nave a lugares elegidos.

Algunos adoptamos esta segunda alternativa, y cambiamos la creencia de una dependencia pasiva ante el Destino por un compromiso activo hacia lo que nos rodea.

Esto es un acto voluntario, y como tal requiere el ejercicio de una virtud olvidada: cultivar el estado de Atención.

Y hablo de virtud en el más estricto sentido del término, que se apoya en un sistema ético compuesto por una sola premisa: empatía hacia todo y hacia todos.

Esta exigencia que me impuse, este ESTAR PRESENTE, lejos de esclavizarme, me da la libertad de elegir el momento de fotografiar una escena, de escribir un sencillo haiku, y retornar a mis asuntos cotidianos para cumplir el ritual de cada día: trabajar mientras se puede, descansar un poco y esperar la mañana siguiente.

Pero algo queda: la vida no deja de enseñarme, y como maestra condescendiente, sólo me exige que esté alerta.

Soy un alumno mediocre, pero la introspección ayuda, y entonces el silencio me habla con elocuencia inusual.

Torpemente he intentado traducir esos silencios en un conjunto de imágenes y poemas, con la esperanza de para que quien los observe, se reconozca en algunos de ellos.

Si es así, lo interpretaré como una confirmación de que ambos estuvimos presentes, por un instante, en ese sitio que está más allá de los tiempos y las distancias.

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