Arenas Frías

Mis zapatos ya son una diminuta mancha opaca en la inmensidad de la costa. Permanecen esperando el regreso de mis pies desnudos, completamente helados por el viento de invierno.

Los dejé con cierta pena, y huella tras huella fueron quedando atrás como cachorros abandonados.

Vendré más tarde - les dije - y juntos volveremos a casa; una sacudida de la arena para Ustedes, una ducha caliente para mí.

Pero la arena que se llevarán de esta travesía no tendrá la tibieza de las vacaciones, no será la arena que nos invitaba a acostarnos sobre ella, la que nos recibía generosa para confiarle las ansiedades acumuladas durante once meses, la que se convertía cada verano en la cama más grande y más compartida.

No, - les explicaba a mis mudos zapatos, que parecían ahora dos orejas oscuras - no, esta será arena sólo visitada por gaviotas y buscadores de tesoros, seres solitarios hallando objetos solitarios: piedras milenarias pulidas por todos los mares, caracoles pequeños que nos llaman con un guiño tornasolado, o ramas suaves, desgastadas de tanto rodar por el borde del mundo.

Hoy llevaremos a casa arenas frías. Y si tenemos suerte, si de pronto la luz está donde uno menos la espera, si el ojo y el espíritu se ponen secretamente de acuerdo, también llevaremos a casa algunas imágenes fotográficas y las prepararemos pacientemente en la penumbra rojiza del laboratorio como un plato delicado, para ofrecerlas luego a nuestros viejos y nuevos amigos.

El viento costero soplaba fuerte y agudo, como una risa burlona.

No era para menos: no todos los días es posible encontrar a un hombre vestido formalmente pero descalzo, con una cámara fotográfica y un trípode colgando de un hombro, hablándole a sus zapatos en una playa desierta.

R.F.I - 2004

© Copyright 2011 - Todos los derechos reservados sobre las imágenes y los textos de este sitio web, quedando prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio.