El Hombre Solo

Nunca antes tuvo el Hombre tantas oportunidades de comunicarse, y nunca antes fue tan evidente el problema de la llamada "soledad de las multitudes".

La vida en las ciudades nunca había ofrecido tantas posibilidades de un mayor y más estrecho contacto entre la gente, y sin embargo, a la luz de las encuestas o de los valientes que se atreven a confesarlo, nunca antes la gente se sintió tan aislada, víctima de una soledad que no respeta edad ni condición.

Este tipo de soledad impuesta, destructiva y perniciosa, socava los pilares de la sociedad, estructura impersonal, sí, pero formada por personas. Y poco a poco los seres humanos vamos dejando de ser socios en este asunto de transitar la vida para transformarnos en extraños unos de otros, reconociéndonos apenas por medio de una vestimenta o un frío saludo. A veces ni eso.

¿Qué nos hizo cambiar? ¿Por qué perdimos aquella transparencia en la que todos nos veíamos como parte de algo más grande que nuestra propia individualidad? ¿De dónde surgió este miedo de conocer al otro, o de darse a conocer? Tengo varias respuestas, pero van más allá de esta simple introducción a un grupo de imágenes en las que podría vislumbrarse algunas de ellas.

Sin embargo, pienso que hay otro tipo de soledad, una soledad beneficiosa y productiva, la que facilita o induce al acto creativo, y más importante aún, al descubrimiento y al encuentro con uno mismo: la soledad buscada.

Acuciado por presiones económicas y compromisos sociales, invadido por una creciente polución visual y sonora, el ser humano va perdiendo esos espacios donde la soledad se paladea como un precioso alimento.

La soledad buscada debe ser respetada. La impuesta, avasallada. Pero no siempre es fácil detectar la diferencia. Somos demasiado complejos, y a veces, en esos estados de soledad indefinida, no sabemos si es oportuno tocar el hombro de quien está solo. La soledad no siempre se limita a una distancia física. En la mayoría de los casos es una distancia psíquica, difícil de medir, detectar o evitar, porque la misma sociedad que provoca la alienación del individuo, la que lo separa de los demás y de sí mismo, se encarga de ocultar aquellos casos en que la marginación termina en tragedia.

No pretendo denunciar lo que todos sabemos. El presentar estas fotografías no me redime de las situaciones en que no supe ver un llamado de ayuda, ni me exime de mi culpa como integrante de un rebaño que sólo posa sus ojos en la porción de tierra que está pisando.

La soledad buscada es un espacio íntimo. Nadie está convidado a traspasar su límite. Y a veces el ser más querido puede ser un intruso. Entonces, abrimos una puerta y le mostramos nuestro territorio. Pero ya deja de ser soledad. Y así, sin saberlo, nos transformamos en intrusos unos de otros.

A esta soledad compartida la llamamos compañía.

En cambio, la soledad impuesta tiene cada día más convocados a su terreno desierto, porque cada día cerramos más puertas. Quién queda puertas adentro o afuera poco importa, porque ambos pasamos a ser solitarios.

A esta soledad repartida la llamamos privacidad.

Cada cual sabe cuándo está solo, y qué soledad está transitando. Si puede verse en estas imágenes y haiku en qué circunstancias fueron creadas, sabrá un poco más de mí. Palabra de solitario.

Y ahora, abro una de mis puertas y te invito a cruzarla.

Porque, ¿qué sentido tendría no compartir contigo ese breve instante de soledad en que una cámara se dispara, y un lápiz registra una experiencia, y todo, todo, parece estar unido?

R.F.I. - 2003

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