Hombre que se Pregunta

Cada ser humano lleva consigo un equipaje de preguntas. Podemos pasar la vida sin abrirlo, sin ver su contenido, sin siquiera tocar el cerrojo.

Inmersos en un tipo de cultura que da prioridad a lo instantáneo, las preguntas son consideradas obstáculos a ser esquivados, en vez de peldaños donde encaramarse y ver más lejos.

Desde la época escolar, fuimos educados para responder con rapidez, y el premio era la calificación alta, tácito símbolo de la inteligencia.

Esa malsana presión para obtener respuestas nos condicionó para el resto de nuestra vida. No intuíamos que las respuestas limitaban el espacio de la imaginación, y las preguntas lo expandían.

Aún así, en nuestra infancia supimos plantearnos las cuestiones realmente importantes. El hecho de no haber tenido las herramientas o el entorno adecuado para responderlas, nos hizo pensar que jamás podrían ser resueltas, y decidimos dejarlas de lado.

Y ya adultos, cuando vuelven a surgir las verdaderas preguntas, esas que no pueden responderse con un lápiz o un teclado, nos damos cuenta de que no fuimos adiestrados en el arte de la paciencia.

Creo que íntimamente todos tenemos cierta añoranza respecto a los temas cruciales de la existencia. Y que quien abandonó la búsqueda, o simplemente decidió que no hay nada que buscar, tiene una carga subliminal que lo limita.

También creo que quienes deciden escalar por el desconocido terreno de las preguntas, por lentos que sean sus pasos, llegan a un sitio desde donde quizá no se ve la Verdad , pero sí se vislumbra una inexpresable sensación de certeza.

Y quizás ese sea el momento en que a fuerza de preguntarse, saliendo de la rígida coraza de toda una vida de respuestas programadas, se comprenda finalmente que todas las preguntas pueden reducirse a una.

R.F.I. - 2001

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